Hay pocos lugares en el mundo que despierten tanto la imaginación e inciten de tal forma la seducción como esta ciudad. Sus inmensas avenidas, sus deliciosas plazoletas, sus fascinantes barrios, sus soberbios edificios y hasta su río, el Sena, resultan extrañamente familiares, singularmente conocidos. Por eso, a París no se va, se vuelve. Es una ciudad demasiado grande para abarcarla en un solo viaje, por lo que debéis saborearla a pequeños sorbos, aunque con una gran dosis de pasión. París es la majestuosa torre Eiffel, la grandeza del Museo del Louvre y la belleza de Nôtre-Dame. Pero también es una ciudad de pequeños barrios en los que descubrir, a pie o en bicicleta, su verdadero espíritu. Le Marais, entre la Bastilla y el Centro Pompidou, está repleto de galerías de arte y tiendas de antigüedades donde perderse y pasear los sentidos. Montmartre es, sin duda, el barrio más pintoresco y desenfadado, con sus coloridos mercados y sus restaurantes étnicos. Sus cafés, inmortales reductos de inspiración para artistas y escritores, son un vivo retrato de la bohemia parisina. Las tardes están reservadas al Sena, la arteria más romántica de la ciudad, que la atraviesa de punta a punta con sus puentes y su paseo. Su atmósfera de historia pasada, de inconfesables pasiones y